"Gilgamesh amaba la aventura, y no podia resistir la tentacion de embarcarse en alguna empresa azarosa. Un buen día propuso a Enkidu internarse juntos en el monte, y, como acto de arrojo, cortar uno de los cedros del borque sagrado, dedicado a los dioses.
-Eso no es cosa fácil -respondió su amigo- pues el bosque está guardado por un monstruo fiero y terrible, llamado Humbaba. He podido verlo, durante mi habitación entre las bestías. Su voz resuena como una tromba, lanza fuego por las narices, y su aliento es una plaga.
-¡Que vergüenza! -le contesto Gilgamesh-. ¿Cómo puede un guerrero de tu talla asustarse del combate? Sólo los dioses pueden sustraerse a la muerte; pero tú, ¿Con qué cara miraras a tus hijos cuando te pregunten que hiciste el día en qué cayó Gilgamesh?
Enkidu se dejó convencer por estas palabras, y una vez que estuvieron preparadas las hachas y las armas de combate, Gilgamesh se presentó ente los ancianos de la ciudad y les expudo su plan. Ellos trataron de disuadirlo, sin resultado. Se dirijio luego al Dios-Sol, para implorar su ayuda, pero éste se la negó. De modo que Gilgamesh recurrió a su madre, la reina celestial Ninsun, pidiéndole que interviniera. Pero cuando ella conoció sus planes quedó tambien aterrorizada.
Poniendose su mejor vestido y su corona, subió al techo del templo e invocó al Dios-Sol:
-Dios-Sol -le dijo-, eres el Dios de la justicia. ¿Por qué entonces, me has permitido alumbrar este hijo, y lo has hecho al propio tiempo tan indómito e incansable? ¡Ahora, mi querido Dios-Sol, se le ha dado por viajar durante días y días por senderos peligrosos, nada más que para combatir con el monstruo Humbaba!¡Te lo pido que veles por él día y noche, y que me lo traigas de regreso sano y salvo!
Cuando el Dios- Sol vio sus lágrimas, su corazón se derritió de compasion, y prometió ayudar a los héroes.
Entonces la diosa bajó del techo y colocó en el pecho de Enkidu la divisa sagrada que llevaban todos los devotos.
-De ahora en adelante eres uno de mis guaridas. Marcha, pues, sin miedo, y conduce a Gilgamesh a la montaña.
Cuando los ancianos de la ciudad vieron que Enkidu ostentaba la divisa sagrada, revocaron su anterios desición, y dieron su bendición a Gilgamesh.
-Puesto que Enkidu -dijeron- es ahora un guardia de la diosa, podemos confiarle sin temos la custodia de nuestro rey.
Con todo ímpetu y con el mayor entusiasmo los dos forzudos iniciaron su viaje, cubriendo en tres días su trayecto de seis semanas. Al cabo llegarón a un bosque frondoso, que presentaba a su frente una puerta enorme. Enkidu la entreabrió y espió en su interior.
-Apúrate -susurro a su compañero- y podremos tomarlo por sorpresa. Cuando Humbaba sale de su guardia se envuelve en siente túnicas superpuestas. Pero ahora está sentado sin más ropa que un sayo interior. ¡Podremos atraparlo antes que se escape!...
...Humbaba salió precipitadamente se su guarida, gruñendo y bramando. El monstruo tenía una faz extraña y terrible, con un solo ojo en el medio, que convertía a priedra en quien mirara. A medida que corria impetuosamente por la espesura, acercándose cada vez más, el ruido de las ramas rotas y desgarradas anunciaban su proximidad. Por primera vez Gilgamesh llegó a sentir realmente miedo.
Pero el Dios-Sol recordó su promesa y hablo a Gilgamesh desde el cielo, incitándolo a prepararse sin miedo para el combate. Y cuando las hojas del matorral se abrieron para dar paso al rostro terrible que iba a presentarse ente los héroes, el Dios-Sol lanzó contra él vientos tórridos y huracanados desde los cuatro confines del cielo, que se estrellaron contra su único ojo cegando su vista e impidíéndole avanzar o retroceder.
Y entonces, mientras el monstruo permanecía inmóvil, tratando se cubrirse por su brazos, Gilgamesh y Enkidu se lanzarón sobre él, atacándolo hasta que pidió gracia. Pero los héroes no le dieron cuartel sino que empuñaron sus espadas y cortaron la horrible cabeza, separándola de su tronco gigante."
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